La palabra de por sí causa animadversión por ser un anglicismo. Lo más lógico es asociarla a la marca del whisky que me recordaron con lucidez algunos amigos a quienes he tratado de explicarles el tema. Pero el Diccionario Oxford la define en su categoría de sustantivo como “una suma de dinero dada por un gobierno o una organización para un propósito en particular”. Y además remata con un ejemplo tajante: research grant. Si se pudiera traducir de alguna manera, sería algo así como un “apoyo financiero para hacer investigación”.
Al parecer la palabra grant está indisolublemente ligada a la “investigación”. En 2006 recuerdo haber leído un artículo en The Chronicle of Higher Education acerca de lo que debía empezar a hacer un joven profesor de una universidad americana que ya había logrado su tenure (aceptación definitiva como docente de planta después de una etapa de prueba). El artículo decía que ahora que el docente ya era “alguien” y tenia un “lugar” en la universidad, un “sitio digno donde tomar el café y leer el periódico”, debía dedicarse a la competitiva tarea de movilizar grants para su departamento de investigación.
Y es que esta mezcla entre investigador y movilizador de recursos para investigación parece ser una de las características que aparecen con la nueva organización de la actividad científica, específicamente con lo que se ha denominado el modo 2 de hacer investigación.
El tema tiene tanto de largo como de ancho. No me voy a detener en los argumentos que muchas veces con razón esgrimen algunos investigadores de reconocida experiencia, al afirmar que el tiempo de la investigación no puede ser dedicado a labores administrativas de consecución de recursos. Pero lo cierto es que los equipos de investigación actuales se especializan en responder a la necesidad de presentar nuevos proyectos y movilizar recursos para investigación.
La proliferación, en universidades y centros de investigación, de oficinas dedicadas a monitorear grants y aplicar a ellos es cada vez mayor. De hecho, las mismas instituciones financiadoras han montado centros de consulta que proveen información adicional a los interesados, e incluso se han preocupado por diseñar algunos cursos de escritura de propuestas para ayudar a alinear las expectativas entre investigación y objetivos institucionales.
En una próxima columna escribiré sobre algunas tendencias de financiación de grants en Estados Unidos y Europa. Además plantearé algunas reflexiones sobre la relación entre agendas de investigación y fuentes de financiación. No cabe duda: los grants son un mundo amplio, dinámico, algo más complejo que apurarme el vaso de whisky que me sugirieron mis amigos.